Mar

mar

Cuando salí a navegar aquella tarde no sabía mi amor, que todos aquellos miedos me cercarían. Cotidianos e invisibles como gigantes invencibles.

Se aleja el dulce olor de tu almohada y costa próxima mientras trepan en mí un millón de sombras.

Las gaviotas vuelan en círculos concéntricos sobre la azul esfera.

Arranca el viento, de momento de a poco. Se mueve mi alma, va y viene a duras penas se sostiene.

La espuma rompe blanca todavía, la mayor aguanta engreída y jactanciosa. La mar huele. El viento aúlla.

Hay gritos en cubierta que me exaltan. Una gran ola nos invade, nos cubre y sobrepasa, lo hace veloz pero los segundos ya no pasan. Cruje el barco, cruje el alma. El corazón se para.

La espuma se vuelve gris, la vista ya no alcanza. La luz es sombra. La sombra es miedo. La mayor ya no aguanta. El barco a duras penas aguanta.

El viento ya no se estrella contra vela blanca, corre la cubierta a sus anchas. Las olas ya no mecen sino que parecen toboganes de la vida al infierno.

Siento que no puedo más, el frío se apodera de mí.

Miro a los ojos de los demás que rezan en silencio intentando no contagiar la liturgia del miedo.

Tengo el sabor del mar en los labios y por una vez no los siento salados. El sabor es áspero, más bien amargo.

Llegó el momento, no se puede hacer mucho más. Estamos a merced de tus misterios. Veo todavía con la tenue luz del anochecer y la tormenta tu cara, tus lágrimas que a jirones te saca el viento. ¿Acaso lloras por mí? No lo hagas mi amor, pues si tiene que ser que sea contigo dentro.

Naufragamos oí decir. Mi cuerpo helado tocó el tuyo. Ardí ahogándome en él. No recuerdo mucho más sólo que dije, ¡MAR!