Navegar por el río Chillar

Río Chillar

Abrazo la falda del río como abrazan los niños la falda de la madre. Entre asustados y sabiéndose protegidos. Miles de cantos rodados como soldados de una sólida guardia pretoriana protegen el inicio.

Noche sin luna, apenas las sombras de las brujas, sin miradas y sin testigos, sin sonidos todavía del hermoso río.

Sigo caminando, avanzando hacia el vacío. De pronto un sonido. No lo veo, lo oigo y no lo dudo, quiero ir contigo. Sé que es único con sus requiebros y sus mimos.

Llego hacia él, y no es la lluvia la que moja mis pies ahora umbríos. Es el bailarín y juguetón líquido del río.

Su cauce es limpio, sin hierros retorcidos. Las rodillas comienzan a bañarse, estoy cerca sus entrañas, el rugido aumenta y siento cierto desasosiego pero confío en él. Sé que su alma es buena.

Las sombras dibujan cuadros en blanco y negro sobre las paredes de granito y roca, azulados en ocasiones cuando la luna se asoma a verlos.

Continúo hacia él. Un extraño poder me empuja al que no me resisto.

Y el cansancio me puede. Es una lucha desigual y él lo sabe. Sé que no puedo ganar. Prefiero no pensar. Sentirme como un niño, asumir que soy su presa. Sentirme como un capitán después del naufragio.

Necesito un descanso. Descanso a tanto esfuerzo y descanso a mis miedos también. Encuentro un respiro. Desde sus aguas un altivo canto en forma de almendra asoma su carácter indomable sobre el que me recuesto.

Tengo ganas de gritar y salir corriendo, pero las brujas han dormido la luna e impiden que vea el recorrido. No tengo otra que seguir el camino a la desesperada.

Una voz me preguntó de repente: ¿A qué has venido si aquí no hay nada?

No supe qué decir, sin embargo……él miró mi cara y algo más tarde, o quizás mucho más tarde, el río me entregó su secreto.

Me enseñó el final. Un mundo diferente, donde yo no sea el raro solo porque soy distinto.