La montaña

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Cuando llega esa hora, las sensaciones son las de tener el alma partida y a la vez encendida, son aquellas que sientes cuando te enfrentas a la gran montaña.

Una montaña enorme como la vida. Una montaña que ruge y que sin embargo te atrae sin remisión.

Aquí estoy, escribiendo cartas al silencio mientras subo y bajo las laderas de tus caderas. En ocasiones al doblar una de tus esquinas, me encuentro con la sombra que más miedo me da en ésta vida, cuando reconozco que por desgracia es la mía. Así que me paro un momento y juego un solitario. Jugando contra ti y contra todos sigo subiendo y sin embargo la cima está más lejos cada vez.

Me perdí, me encontré, me paré y anduve por tus caminos buscando el agua del río y por una vez sin miedo al destino. Y no veo a nadie, estoy sólo en esta carrera.

No hay dorsales, ni botas ni aplausos. No hay compañeros que te quieran seguir y mucho menos adelantar. Sólo contigo estoy.

Miles de colores sostienen mis razones y no entiendo entonces este miedo a esta bella que tiene en su pecho el hierro y la fragua. ¿Acaso son ciegos? Infinita transmisora del frío y del fuego, dame el rocío de la mañana.

Sigues sentada allá arriba, asomada al balcón, poniéndolo todo ¡maldita sea!, en cuestión. Mirada fija en mí, sin saber qué decir ni que pensar, sin buscar explicación. Te duelen las entrañas lo sé bien, como si hubieras sufrido una gran traición.

Desde tan arriba soñé por fin con aviones que nublaban el día, que manchaban el aire en la sombría mañana.

No soy nada, apenas yo mismo. Lo poco que han dejado. Casi sin valor para cruzar el puente entre la playa y los arrecifes de coral. No me atrevo, se me olvidó nadar.

Cerca de la cima siempre hay mil excusas para bajarse y una sola para subir.

Nadie es mejor que nadie. Ese yo soy.